lunes, 29 de agosto de 2016

ASUNTOS DE FAMILIA


ASUNTOS DE FAMILIA

Papá tuvo el mal gusto de morirse
con todos los papeles patas para arriba:
algunos billetes debajo del colchón
y muchos billetes volando de mano en mano
como pájaros de viento
(y esas manos que se cerraron
y atraparon los billetes/pájaros:
para eso están los amigos,
para llorar en los velorios y no honrar las deudas).


El abuelo tuvo el mal gusto de seguir fumando en pipa
mientras a nosotros nos empapaba
la lluvia del miedo.
Pero ése no fue el peor de sus malos gustos:
también salió a cazar billetes ajenos
(y ese colchón que no servía
para detener la hemorragia de pájaros,
y nosotros que no teníamos vacaciones).
Un televisor color para el Mundial ‘78
le lavó un poco la conciencia.
A nosotros nos dio lo mismo
porque no nos interesaba el fútbol.


La abuela tuvo el mal gusto de llorar, llorar y llorar
y no percatarse jamás
de que nosotros también estábamos llorando.
Dejamos de ser los hijos de su hijo
y nos convertimos en pequeños abortos de dolor,
embriones tristes atrapados en frascos de cristal
a los que no había que mirar nunca
(y nosotros que no teníamos zapatillas,
y ese televisor color que no servía para nada
porque los dibujitos eran en blanco y negro).


La tía tuvo el mal gusto de gritar y desmayarse
porque se había muerto su hermano,
y de volver en sí para decirnos
si no viven  acá
no van a tener más ropa nueva,
no van a tener más juguetes nuevos,
olvídense de los cumpleaños,
olvídense de Santa Teresita,
van a ser putas como su mamá
(y nosotras que no sabíamos qué era ser putas
y mi hermanito que no sabía nada
porque tenía cinco años).


El tío tuvo el mal gusto de secundar al abuelo alegremente
en la cacería de billetes ajenos.
Después se hizo un chalet con techo de tejas
y dos baños,
y siguiendo la línea del mal gusto
plantó una perdiz embalsamada
en la habitación principal de la casa
(y nosotros que sentíamos pena por la perdiz
y nos daba impresión,
y ellos que no la vayan a tocar,
y nosotros que no la tocamos ni locos).


Mamá tuvo el mal gusto de elegir
a la peor familia política del mundo.
Pero cuando se lo reprochamos nos dice que no.
Que ella no los eligió.
Que ella eligió a papá.
El que tuvo el mal gusto de morirse
con todos los papeles patas para arriba.  


Arte: "Ritratti", Michela Bulfalini

Del poemario "Pretty in pink" (2016)

sábado, 27 de agosto de 2016

ARAÑAS VERDES


ARAÑAS VERDES


La Muerte siempre estuvo ahí.

Siempre.

Fue una vecina más cuchicheando en las esquinas del barrio

cuando el pibe de los ojos increíbles se ahogó en la tosquera

(el pibe tenía catorce años y vos apenas siete,

pero te gustaban esos ojos calientes como arañas verdes).

Él no te había mirado nunca

(cómo te iba a mirar,

tan chiquita,

con esas patitas flacas y el pelo demasiado corto,

y el álbum de figuritas con brillantina al que le faltaba la más difícil

siempre debajo del brazo),

pero pasaron cuarenta años

y cada vez que un pibe se va así,

engullido por ese sacrificio urbano

que convenimos en llamar accidente,

soñás con arañas verdes.

Arañas que trepan por tu cuerpo nuevamente niño,

se enredan en tu pelito corto

y  hacen agua en tu mirada para llover su dolor toda la noche.

Para llover toda la noche los recuerdos

que no serán nunca

y la impotencia de saber que Ella siempre estuvo ahí,

que siempre va a estar ahí,

cuchicheando con las vecinas,

mientras alguna madre descuelga de su útero

una guirnalda de mariposas rotas.




Del poemario "Pretty in pink" (2016)

jueves, 25 de agosto de 2016

ANGELITO DE CHARLIE


ANGELITO DE CHARLIE

Vos jugabas a ser un angelito de Charlie,
un angelito glamoroso peleando del lado de los buenos.
“Mirá que hay malos malísimos pero ninguno puede conmigo.
Mirá qué bien juego al tenis.
Mirá qué divina me queda la bikini.
Mirá que yo no quiero ser Sabrina porque no es tan linda
y usa el pelo demasiado corto
y a mí me gusta tener el pelo largo, largo,
como Rapunzel o como Lady Godiva…”
(a  veces te imaginabas cabalgando como la preciosa condesa
y cómo te miraban los hombres,
desnuda debajo de tu pelo). 


Angelito de Charlie, yo no sé cómo hiciste
para que el dolor no te manchara,
para no ahogarte, como Alicia, en tus propias lágrimas,
para conservar incontaminada tu rutina de escuela,
pan con manteca, arroz con leche me quiero casar
y tardecitas caminadas en puntas de pie
porque la abuela dormía la siesta.
Angelito de Charlie, fuiste una heroína con todas las letras
(siempre la más fuerte de las dos):
los malos no pudieron,
la Muerte no pudo;
nadie se comió tus perdices,
nadie te quitó la voluntad de mirar el mundo
con ojos de caleidoscopio.


Vos jugabas a ser un Angelito de Charlie
pero yo creo que eras un angelito de verdad
(a pesar de cómo te miraban los hombres
desnuda debajo tu pelo,
si al final lo mejor de esa fantasía inconfesable
era andar a caballo
y tener el pelo largo, largo). 




Arte: Charlie's Angels Kelly Doll



Del poemario "Pretty in pink" (2016)


martes, 23 de agosto de 2016

LA EXTRAÑA DE LAS BOTAS ROSAS


LA EXTRAÑA DE LAS BOTAS ROSAS


Al fin las tengo.

Las botas rosas.

Las miro, las toco,

pero no sé si voy a animarme a usarlas.

Ya no tengo seis años.

Ya no bailo alrededor del Winco del tío

cuando suena esa canción que adoro.

La extraña de las botas rosas.

Con sus colgantes y medallones.

Esa quería ser yo.

Hacerme la toca.

Usar minifalda.

Lentes con forma de corazón.

Y las botas, claro, las botas.

Esa quería ser yo.

Enamorarme.

Vivir para siempre en los ‘70s.

Con los dedos en V.

Usando una vincha en el pelo

(también había una chica con vincha

en alguna canción,

una chica con pantalones anchos,

otra  princesa hippie girando en el Winco del tío,

ella podía ser mi hermana,

la hermana de la extraña de las botas rosas).


Al fin las tengo.

Las botas rosas.

Las miro, las toco,

pero no sé si voy a animarme a usarlas.

Ya no tengo seis años.

El Winco se perdió en alguna mudanza

(se perdió cuando ya no se conseguían las púas

pero no era lo suficientemente viejo

como para despertar la codicia de algún coleccionista).

Los ruleros se extinguieron.

Me enteré de los 30.000.

Vi demasiadas películas sobre la Guerra de Vietnam.

El sexo me impacienta

y el concepto de amor me parece ridículo.


Pero al fin las tengo.

Las botas.

Y, sí,

me voy a animar a usarlas.

Voy a salir a la calle con mis botas

y las vecinas me van a mirar

como si estuviera loca.

Voy a zarandearme hasta caer redonda.


Y después quién me quita lo bailado.


Quién.



Fotografía: Nancy Sinatra en el especial de televisión de 1967  “Movin’ with Nancy”

domingo, 21 de agosto de 2016

GUERRA FRÍA


GUERRA FRÍA

“No quiero mirar en la misma dirección que mi marido por toda la eternidad.”
 Tiburcia Domínguez



Él entra a una habitación y yo salgo.

Él enciende el televisor y yo

escucho rock a todo volumen.

Y canto.

Ninguna tortura es comparable

a una buena canción destrozada

por una aficionada sin talento.



Él piensa que los malvones

son sosos

y se van en vicio

demasiado pronto.

Yo llené el jardín de malvones.

Y, además,

adopté un perro para que lo destruya.



Él se aburre con las películas románticas

y yo no pienso ver Games of Thrones ni en sueños.

Detesto  los mundos imaginarios donde todo parece

demasiado sucio.

Paras sucia está la vereda.

Cascaras de naranja y papeles de golosinas

Gracias señor verdulero.

Gracias señora del kiosco.



Él no almuerza.

Yo no ceno.

Nada de encontrarnos

a mitad de un cuchillo Tramontina.

No nos dirigimos la palabra.

No nos miramos a los ojos.

Compartimos la cama

porque el sillón del living

es demasiado incómodo.

Pero entre espalda y espalda

yo construyo un foso.

Él no me toca

por temor a mis cocodrilos imaginarios.

Yo soy tan gélida como un castillo.

Limpio.



Él quisiera estrangularme

y yo

envenenarle la comida

(si cocinara).

Pero esto es la Guerra Fría.

Nos vamos a odiar durante años

sin animarnos a revolear una silla.

Sin putearnos.

Sin preguntar qué paso con nosotros

que nos queríamos tanto.



Él va a pensar que es mejor que yo

porque es un buen proveedor

y no pierde el tiempo salvando

a las arañitas que tejen sus historias

en los rincones de la cocina.

Yo voy a pensar que soy mejor que él

porque aprendí primero las vocales,

leí a Rimbaud a los quince

y escribo poemas.


Fotografías: Mausoleo de Salvador María del Carril y Tiburcia Dominguez, Cementerio de la Recoleta, Bs. As.

“No los unía el amor, sino el desprecio. El mausoleo de Tiburcia Domínguez y su marido, Salvador María del Carril, uno de los promotores del fusilamiento de Dorrego, gobernador de San Juan y compañero de fórmula del General Urquiza, es una evocación para la posteridad de sus desavenencias conyugales. El suyo fue un matrimonio silencioso: no se dirigieron la palabra durante 30 años. No era indiferencia, sino odio, de ese tan pertinaz que, incluso, trasciende la muerte. Y para que ninguno de los dos lo olvidara, la viuda dejó constancia testamentaria de su voluntad: sus esculturas debían darse mutuamente la espalda. Ella, con gesto adusto, incómoda en un busto. El, confortable en un sillón, dirigiendo la mirada en sentido opuesto. Perpetuaron así su odio conyugal pos-morten.

Loreley Gaffoglio

"NO QUIERO MIRAR EN LA MISMA DIRECCIÓN QUE MI MARIDO POR TODA LA ETERNIDAD"