lunes, 31 de marzo de 2014

LA LLORONA


LA LLORONA


Debo confesar, entre muchas otras cosas,

que casi, casi,
me pasé toda la vida llorando.


Al principio lloraba por las mismas cosas
por las que llora todo el mundo:
tenía hambre, tenía frío, tenía sueño.
Con el paso de unos pocos años
fui encontrando mis motivos personalísimos.
Lloré porque el hombre mató a la madre de Bambi
y porque se murió la novia de Gardel
(lloré de tristeza y lloré de estupor:
a los cuatro años  ya es dificilísimo aceptar que se muera una novia,
pero que el novio se ponga a cantar es demasiado).
Lloré por la pobre solterona que se había quedado
sin ilusión y sin fe,
por la fea que iba procurando que el mundo no la viera
camino del taller,
por la hija de Libertad Lamarque que también era cieguita
y no podía jugar
(yo creía que era la hija de Libertad Lamarque;
después me enteré que no
pero, de todos modos, seguí llorando).
Lloré por el último organito
y por Luis Otero, el Sapito, del poema de Gagliardi,
al que el Destino Maldito le arrebató a la mamá.


Lloré  por casi todos los personajes de “Corazón”,
por la dulce Beth March,
porque Jo no se quedó con Laurie,
porque el País de las Maravillas fue sólo un sueño,

porque los Reyes Magos eran los padres.
Lloré por un lobo disfrazado de príncipe
que se empecinó en probarme un zapatito de cristal
demasiado pequeño  para mí
y me condenó a sangrar para siempre.
Lloré por Julieta, por Isolda, por la Reina Ginebra,
por Margarita Gautier, por  Manon Lescaut,
por Anna Karéninna, por la Dama del perrito,
por Madame de Tourvel .
Porque Clark Gable  abandonó a Vivien Leigh,
porque Humphrey Bogart dejó ir a Ingrid Bergman,
porque Meryl Streep no se bajó de la camioneta
para correr a los brazos de Clint Eastwood
(aunque sabía que no se tenía que bajar,
no, no, no,
bajarse hubiera sido convertir un amor de película
en un amor de entrecasa,
demasiado usado,
con agujeros mal zurcidos en la puerta del domingo).
Lloré porque Montgomery Clift  no sobrevivió a Pearl Harbor,
porque Leonardo Di Caprio no sobrevivió al Titanic,
por la mirada de Christian Bale en la escena final de “El imperio del Sol”.


Lloré cuando mataron a Lennon
y cuando se desmoronaron las Torres Gemelas
(y me dijeron tarada, no llores, son yankees;
entonces lloré porque me dijeron tarada
y porque nadie pensó en lo que habrá sentido esa mujer
que prefirió reventarse la cabeza contra el asfalto
antes de morir calcinada).
Lloré porque la Muerte
no se conformó con arrebatarme personajes de ficción
y fue por todo.
Porque me enamoré siendo demasiado joven
y me enamoré siendo demasiado vieja.
Lloré cuando fui a parir, cuando parí,
cuando me pusieron a mi bebé en los brazos.
Lloré la primera vez que hicimos el amor
y la última vez que lo vi.
Girondo estaría orgulloso de mí, lloré como él quería:
conlanarizconlasrodillasporelombligoporlaboca.
Lloré para atrás y para adelante:
lloré cuando se separaron los Beatles
(aunque cuando se separaron los Beatles yo tenía tres años
y no sabía quiénes eran)
y lloré cuando se casó mi hijo
(aunque mi hijo recién está estrenando su primera novia).
Lloré para arriba
(nunca hay que llorar para arriba
porque te puede caer el llanto en la cara),
lloré para abajo
(y fui dejando una sutil estela de sal detrás de mí
como si fuera un caracol hecho de suspiros),
lloré para los costados
(y salpiqué a los que estaban sentados al lado mío en el aula,
en el cine,
en el colectivo,
en la sala de espera del ginecólogo).
Gasté fortunas en pañuelos descartables y aquí estoy,
más pobre que nunca.


Supondrán las personas razonables que tanto llanto
debe haberme consumido.
Pero no.
Estoy escandalosamente rozagante.
Lo que no deja de ser motivo de llanto:
los pantalones no me cierran.
Lloré tanto, tanto, que para contarlo
escribí un poema larguísimo.
Ustedes se habrán aburrido, pero a mí
¿quién me quita lo llorado?



 Arte: "Crying Girl", Roy Lichtenstein 

  

viernes, 28 de marzo de 2014

ESQUINA DE TANGO


ESQUINA DE TANGO


 I


Hecha de llovizna, de barro, de ausencia,
de mujeres pálidas que extravían su rostro
hundiéndose en abrigos de neblina
(lejanas como libros,
calladas como golondrinas dormidas),
la esquina gesta la canción
de las cosas que fueron.
Hecha de polvo, de fiebre, de relámpago,
de muerte entretenida
con destellos de pena que se sueltan
(con islas de alcohol y de tabaco,
con el ligero filigrana de un verso),
la esquina tararea su misterio,
su farol de romances irresueltos.
La esquina  dice
la boca rota del último tranvía.
Desdice los crepúsculos.
En su cintura  gris de sirena varada
en un río de asfalto
se  acurrucan los sueños.
La esquina deambula un noviciado
de palomas de humo.
La esquina llora tango.



II 


Nacer  en esa esquina
con un tango en la boca,
un tango azul como el pedrusco que remata
el nicho de las lágrimas,
un tango tejido de a retazos
con ternura de arácnido.
Vivir en esa esquina
con un tango subiendo dulcemente
los peldaños del cuerpo,
un tango desvestido
sin estrategias de enaguas y puntillas,
sin carmines falaces.
Estrenar la orfandad,  la pasión, la agonía,
el abrazo de misa,
la transparencia exaltada de los besos
con un gesto de tango.
Con una antología de puñales y siestas.
Morir en esa esquina.



III 


Pedrería de trinos,
joyería de pájaros confundidos de hoguera,
franquicia de mieles y aguijones,
exaltación de mariposas de cristal que se quiebran
(mariposas bordadas sobre mujeres abiertas
como abanicos santos:
la que cantaba mejor que ninguna,
la que llegó con el otoño para lloverse el cuerpo,
la del poema amargo en la mirada),
la esquina recoge
las intenciones del cuchillo y la guitarra,
y las traduce en tango.



Arte: "Esquina de tango", Carlos R. Arano

Mención de Honor del Jurado Poesía “Certamen de Cuento y Poesía”, Rotary Club de Avellaneda, Avellaneda, Bs. As. (2013)

1º Mención Poesía “Certamen Nacional de Poesía y Cuento Homenaje al músico y compositor Enrique Cadícamo”, Centro Amigos de las Artes y Círculo Amigos del Tango de Lomas de Zamora, Lomas de Zamora, Bs. As. (2014)



viernes, 21 de marzo de 2014

OBJETOS PERDIDOS


OBJETOS PERDIDOS


Los zapatitos que mamá me compró aquel día,
el día que papá murió.
Eran para ir a una fiesta.
La fiesta a la que no fui nunca.
La pileta de Darío y la Moni,
la intemperie gloriosa del verano,
el beso del agua.
Un tiburón imaginado y tantas risas. 
  
La vieja Hitachi color
que nos dejó indiferentes ante el Mundial ‘78
pero será, para siempre,
el escenario donde Queen tocó en 1981.
Y esa canción que no me acuerdo cómo se llamaba.
  
El paraguas que me olvidé en la escuela.
Algunas lluvias.
Algunos soles.
Algunas muñecas que sangraron
cuando yo empecé a sangrar
y se fueron desvaneciendo
a medida que el deseo
me regalaba un cuerpo.
Los poemas de Julia Prilutzky Farny,
las recetas de Blanca Cotta.
Las palomas, las galeras, los magos.
La carpa remendada que me convenció
de que no hay nada más triste en la vida
que un circo pobre bajo la lluvia.


Los zapatitos que estrené aquel día,
el día que te conocí.
Creo que los abandoné en un portal cualquiera
para que no me obligaran a salir a buscarte.


Tus ojos.


Arte: Ray Caesar


miércoles, 19 de marzo de 2014

NO ES MORIR


NO ES MORIR
A Antonio Flores


No es morir:
es desandarse.
Beberse el suave tráfico de peces de plata
que agita la piel de la luna,
ser eterno como una noche que acaba,
como una flor de cristal que se rompe
al contacto de un verano demasiado intenso.
No es morir:
es madurar hacia adentro,
como un poema, como un dolor,
como un hueco dulce en el cuerpo
que desagua palabras. O aguijones.
O fatalidades. 


Atado a sus condenas,
a los imanes de la tierra,
al sarro de los amores evaporados,
él mordió un sueño de sangre.
Pero no fue morir:
fue anudar su larga cabellera
a un gesto de mariposas de sombra.
Desnacer.
Escalar el cordón umbilical y retomar
el temblor del agua natal,
la sincronía del cuerpo y la semilla,
la primeritud del claustro materno.


Fotografía: Antonio Flores

1º Mención "IV Concurso Nacional de Verano 2013 Modalidad Poesía", Grupo Alternativa, Cañada de Gómez, Santa Fe (2013)

lunes, 17 de marzo de 2014

SEÑORAS DECENTES


SEÑORAS DECENTES


Parecía tan buena pero mirá,
era mala como la madre,
era puta como la de acá a la vuelta,
era loca como la que le da de comer migas de pan a las palomas
(y las palomas le cagan la vereda,
y eso es un asco,
un asco como la panza de esa pibita
que no debe tener ni diecisiete,
como el tatuaje de ese pibito
que seguro anda en la droga).


Nosotras, por suerte,
no somos malas, ni putas, ni locas.
Los pájaros ni se nos acercan
(nuestras veredas están impecables).
Tampoco se nos acercan los magos
ni las gitanas quiromantes.


Nosotras,  por suerte,
estamos del lado correcto de la vida.
El lado ordenado.
Nuestros nombres no jadean,
no tejen y destejen
poemas de saliva.
Nuestros hombres están bien guardados
bajo siete llaves de hastío.


Nosotras somos justas y equitativas.
Democráticas. Decentes.
Centradas.
Ni poemas, ni magos, ni palomas.
Ni sexo a los diecisiete
(era puta, te dije que era puta).
A lo sumo,
alguna telenovela de una actriz mexicana
demasiado aniñada para tener cuarenta.
A lo sumo,
algún pasquín de cuarta
cuando se suicida un famoso. 


Nosotras somos señoras decentes:
los pies en el barrio
y en el cielo, nada.



Arte: Twan de Vos



viernes, 14 de marzo de 2014

FOR YOU BLUE


FOR YOU BLUE 

A George Harrison  



Dónde acabó la sed.  

Dónde acabó la queja de su guitarra.  



Algún Dios aquí o allá  

tocándole la boca  

como un caracol húmedo.  

Algún murmullo de la carne que insiste.  

Valió la pena tener  

el mar en la garganta.  

La espuma vertical en la memoria.  



Valió la pena ser  

el alma de la bestia generosa.  

Unos pasos atrás. 



Cenizas delicadas:  

un cuerpo para desarmar. 



Triste o azul,  

¿qué más da?



Arte: Irina March


lunes, 10 de marzo de 2014

TENER DIECISIETE AÑOS


TENER DIECISIETE AÑOS 

“Perdón señores grises, perdón
por ser tan pobres,
por vislumbrar el campo
y ahogarnos los puños entre sollozos escritos.”
Jorge De La Cruz Agüero 



Tener diecisiete años. 

Tener diecisiete años y ser pobre. 

Tener diecisiete años y ser tan pobre. 

Tener diecisiete años y pedir perdón 

por el filo del hambre, 

por el gemido de las levaduras, 

por la dulzura de un gato junto al agua, 

por las persianas asustadas como peces 

que corrigen, apenas, 

el oficio del alba.

  

Tener diecisiete años y deshilacharse 

como un viajero desbordado de viento 

Ser un hilván de carne que  se agota. 

Una hebra de sangre barrida 

por aquella  mujer que no pide perdón

(ella no tiene diecisiete años, 

ella no sabe lo que es querer escribir poemas y no, 

ella no tiene la cordura de los pájaros, 

a veces tan clara, 

a veces enturbiada por la primavera).


Tener diecisiete años. 

Tener diecisiete años y ser pobre. 

Tener diecisiete años y ser tan pobre. 

Tener diecisiete años y no tener, siquiera, 

un pedazo de tierra donde emprender la muerte. 

Gastarse como la lluvia que recoge sus faldas 

cuando el sol la fulmina 

con su caudal de fiebre. 

Perderle el rastro al cuerpo. 

Desaparecer.


Yo no entiendo tu fusil, hermano. 

Pero lloro sobre sus balas húmedas.





viernes, 7 de marzo de 2014

HERMANAS


HERMANAS



Yo soy Meg, decía ella, correctísima,
y a mí me parecía verla
alisando los pliegues de su vestido largo
adornado con moños y volados.
Yo era Jo, casi siempre,
(pero en secreto también era Amy,
quería probarme todos los sombreros,
pasear por Europa,
casarme con Laurie).
Ella era la hermana mayor
y se había tomado tan en serio el papel
que los dos años que me llevaba
parecían eternos.
Siempre tenía los útiles en orden,
los deberes al día,
el guardapolvo impecable.
Tenía, además, el pelo largo y lacio,
las piernas interminables,
todo eso que yo no iba a tener nunca.
Vos tendrías que aprender un poco de tu hermana,
sentenciaba mamá,
y yo no sabía si la quería o la odiaba
(la quería porque me había hecho un traje de Mujer Maravilla
con una cortina roja vieja,
una bombacha de stretch azul
y mucho papel glasé metalizado;
la odiaba porque era mejor que yo,
siempre iba a ser mejor que yo
y no perdía todas las pinturitas la primera semana de clases).


A pesar de dormir en la misma habitación
nunca nos quedamos hasta las seis de la mañana
compartiendo secretos del corazón.
Pero cuando estaba de luna de miel
me mandó una tarjeta postal contándome que le había dicho
Ra, prendé la luz a su flamante marido.
A  pesar de llevar la misma sangre
nunca nos acercamos demasiado
(no éramos las chicas March,
ni las rubiecitas de la tribu Brady:
éramos hermanas de verdad,
disputándonos la mirada amorosa de un padre
que había muerto hace siglos).


Hoy estamos las dos espantando mariposas negras
en la sala de espera
de una Unidad de Terapia Intensiva.
Ella, con zapatos Ricky Sarkany
y blusas impensables en la vidriera de los coreanos.
Yo, con un jean así nomás
y un bolso enorme con la cara de Marilyn Monroe.
Ella, llamando por teléfono a todo el mundo.
Yo, pidiéndole que también llame a mi hijo o a mi marido,
porque mi celular no tiene crédito,
no tiene batería, me lo olvidé,
 ojalá que no lo haya dejado en el bar.

(y ella llama, claro;
hace más de cuarenta años que sabe que no soy Jo:
soy la que pierde todas las pinturitas la primera semana de clases).


¿Y si le dijo que sí, que la quiero?



Arte: Iman Maleki